Nos dedicamos a la construcción artesanal de la flauta nativa americana. No construimos las flautas en serie.
Pueden ver las flautas nativas que actualmente están en venta haciendo click en:

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lunes, 29 de febrero de 2016

La guitarra y su misterio. Atahualpa Yupanqui.




(texto extraido del libro "La capataza" de Atahualpa Yupanqui)



LA GUITARRA es un misterio que sólo se desvela cuando el hombre canta o reza junto a ella los salmos de la tierra y de la vida.
La guitarra no miente jamás. Si el hombre se acerca a ella confesándose, el instrumento registra la verdad del pensamiento, lo exacto de la intención, la dimensión cabal de un sentimiento.
El dominio técnico de la guitarra es muy necesario, pero sólo a los efectos de conocerla en toda la gama de sus recursos.
Jamás para aprovecharse de ella, porque entonces la guitarra se envolverá en las capas de su propio misterio, pudorosamente, y mostrará sólo lo externo, su caja, su brillantez sonora, su volumen, escondiendo en las honduras de su abismo la otra condición: la palabra alta que consuela y aconseja, las voces curadoras que el afligido corazón reclama, el camino del salmo.
La guitarra es fiel a la tierra, leal a su comarca. Adquiere el color de la planta, el aroma de la flor, el tono del ocaso, el silencio de las tierras secas, la gracia del prado generoso en gramíneas; traduce la alta noche serena, y sabe filtrar ausencias con una controlada melancolía.
En la montaña, la guitarra se despoja de lujos. Se aprieta en los miedos de su propio misterio. Los valles son las cunas de sus coplas.
La guitarra sabe que la baguala no precisa aparcero, y la deja irse, sola, rebelada, con una lágrima en la punta de su grito. Cuando la baguala, cansada de vagar por el silencio, busca la tierra para esconder su fatiga -su vieja fatiga-, la guitarra le arrima su brocal de magias. Y como un viento domado la copla se acerca y bebe agua de sueño y de paz.
En la alta tierra, donde el viento norte restalla como un látigo, la guitarra se siente morir. Baja entonces a los puestos de ovejería, donde las quenas reinan. Baja la guitarra a los caseríos apretados junto al ancho camino calchaquí. Allí espera al hombre de las soledades, al runa de grueso poncho, al resero callado y heroico, a la pastora gris del altiplano. Y allí los congrega para bendecirlos con todo su misterio derramado.
La guitarra sabe que la pampa es infinita. Por eso prepara todos los rollos del lazo en armada grande para pialar tranquila los treinta versos de un estilo gaucho. Entabla así su tropa, la ordena. Usa de madrina un cencerro de cifra, y se lanza al camino, por una huella qué traspone todos los horizontes.
En esa misma huella larga, la guitarra ha juntado los ecos de todos los galopes, las historias de atropelladas y encontrones, las retiradas envueltas en nieblas de derrota, los amagos, los despojos, los rencores de los victoriosos, el cambio de los tiempos.
La guitarra vio al indio mordiendo la lonja de su rebenque para ahogar su alarido de impotencia. Los toldos, como el perdón y la bondad, cada vez más lejos, hasta perderse en los contrafuertes de la cordillera.
Y llegó un día en que la tierra comenzó a pintar sus veranos de un fuerte color rubio. Eran los trigales que avanzaban sobre la pampa, borrando el rastro de las tolderías, abatiendo taperas cerca de los arroyos.
La guitarra fue el testigo sensible de todas las acciones, de todas las fiestas, de todos los olvidos.
Fiel a la comarca, la guitarra quiso salvar lo puro. Y emponchó en su misterio un puñado de pericones y vidalitas.
Juntó pedazos de madrugadas en las que temblaban una trova de amor, un estilo de ausencia, una voz de coraje, el brillo de una espuela, la sombra de un galope.
En las ciudades, en los pueblos, en los escenarios, los hombres tocan la guitarra para el amor, para la gracia, para la danza, para el espectáculo también. Pero allá, pampa adentro, la guitarra es como la memoria sensible de la tierra. No sabe de apariencias.
Allá, en medio de los campos, ninguna mano ha de mentirle amor, porque la guitarra ha de quemarle los dedos con la fuerza de su vieja verdad acrisolada.
El hombre podrá engañar a los hombres, usando a la guitarra con un pretexto artístico, como un elemento para la alta profesión del desvelo. Pero jamás podrá engañar a la guitarra, porque ésta se replegará en sí misma, dejando que el mentido misionero evidencie sólo su propia incapacidad, su ambición, sumezquino propósito. Goethe dijo: "El éxito hasta se puede mendigar. Sólo la gloria se conquista".
La guitarra transitó los caminos de Cuyo. Venía de lejos, olorosa de sal marina y gastados alquitranes. Traía en su cofre una nacencia milagrosa: el primer mestizo musical, cruza de seguidilla y yaraví. Traía un raro mensaje de glosas, con aleluyas y villancicos. Traía nanas medievales de Flandes, Aragón y Castilla. Traía rescoldo de fuegos andaluces, altas voces vascuences.
Los hombres barbados, los que trajinaron el fatigoso camino del indio desde Cuzco hasta Copiapó a través del gran Cañón de Humahuaca, lloraron y rezaron en sus tiples canarios, en sus guitarricos, en sus vihuelas.
Asombrado, el nativo fue aprendiendo los secretos de todas las lamentaciones cantadas con amor y con nostalgia.
Les incorporó una voz, un árbol, un nombre, una comarcanidad. Las hizo suyas. Las recreó. Los vientos de universalidad de la literatura del Siglo de Oro les infundieron una fuerza colosal.
Y creció la tonada cuyana, hermana de la tonada chilena, hermana de la trova limeña, parienta de los "tristes" de Tucumán y La Rioja, parienta del "estilo" de la pampa. La soledad de los campos, las distancias, los caminos siempre hostiles, imprimieron su sello de austeridad, prudencia y fatalismo en las melodías, en el sentir de los hombres. Para contener todas las saudades, la guitarra fue creciendo en forma, en misterio, en soledades.
Y Cuyo se pobló de tonadas y cantares. En cada casa, una guitarra. En cada choza una trova de amor, un verso galano.
Cada investigador del cancionero cuyano comenta, depura, selecciona, publica. Y a todos, fatalmente, se les escapan cientos de temas que la guitarra guarda, y que quizá nunca podrán ser clasificados. Porque no alcanza una vida para estos trabajos. Porque en el terreno de la compilación de documentos folklóricos nadie podrá nunca gozar de "su" cosecha. Porque la labor científica, metódica, supera las limitaciones del "yo".
La guitarra, que no sabe de estas especulaciones, pule su misterio y triunfa siempre, por encima de los calendarios, más allá de las labores rentadas de los hombres. La guitarra esconde su salmo para que no lo profanen las manos torpes y los mezquinos propósitos. Se da entera cuando el hombre-paisaje, el paisano, el rústico cuidador de viñedos, el peón de aguas, el resero andino, buscan para su paz la compañía del
madero estremecido, del cofre sabedor.
Recién entonces la guitarra desata todos sus silencios en los que se enancan sentires de tierra y tiempo.
La guitarra, sedienta, aventurera y golosa de extrañas frutas, se acercó a los anchos ríos y se dio a navegar, aguas arriba. Miró asombrada un laberinto de islas, diminutos continentes apretados. Y siguió boyando lejos, a veces dolorosamente, hasta llegar a un reino donde las arpas florecían delicadezas de extinguidas arcadas conventuales, ganando
luego el monte para traducir en guaraní los salmos de una raza de poetas y guerreros.
La guitarra, siempre sabia, siempre prudente, amaneció sobre una tierra bermeja. Cada recodo, cada rama florida le fueron enseñando un tono, un color, un acento del hombre o del paisaje.
Se hizo amiga de la media-calabaza en la que los indios adiestraban su instinto rítmico. Y respetando prioridades, caminó detrás del arpa. El hijo del Guaran, como un animalillo tenso y tierno, duro soñador de la selva, se acercó a olfatear la guitarra. Un tiempo estuvo observando su brocal
de embrujos. Y poco a poco, entendió la amistad. Y supo que la guitarra no buscaba las grandes compañías, sino que se entregaba en soledad, como una niña frente al primer amor, florecida en pasión y ternura. Y el indio le puso un bello nombre: "Mbaracá".Y apretándola contra su pecho, le contó sus cuitas.
Arpa y guitarra, religión de saudades, se hermanaron en la selva guaraní. Y andan, desde toda la vida, junto a los anchos ríos, donde el mburucuyá se enjoya de lunas para ayudar el viaje de la música.
Sí. La guitarra es un misterio nunca develado.
Cuando el hombre se despoja de los falsos adornos, de las mentidas joyas de la ambición, la vanidad o la pedantería; cuando el hombre se viste con sus propias verdades, pequeñas o grandes, la guitarra le dice: "¡Ven!" Y allí, en manos puras, junto a un fuerte corazón liberado, saca sus voces innumerables.
Hombres y guitarra inician el ritual. Y el salmo está en ellos, como una estrella brillando eternidades.




(Libro "La capataza" de Atahualpa Yupanqui. Ediciones Cinco, 1992. Argentina ISBN: 950-9693-28-6 )

jueves, 4 de febrero de 2016

Flauta nativa americana Arce europeo y caoba africano en Sol


Hola a todos los amigos de tras la senda de los ancestros.

 Os presentamos una flauta nativa americana que acabamos de terminar y que actualmente se encuentra disponible (interesados ponerse en contacto con nosotros en el correo mysticaldream@hotmail.es).


Se encuentra construida a dos maderas, una de ellas arce y la otra caoba africana (Khaya); ambas maderas estacionadas y de excelente calidad. El blanco marfil del arce contrasta con la belleza del veteado de tonos tierras de la caoba. Es una combinación que nos encanta tanto en lo visual como en la calidad de sonido que otorgan las maderas. Las fosforescencias de la caoba que nos evoca la calidez de la tierra, la sobriedad del arce nos evoca la pureza del agua. Con esta combinación buscamos un simbolismo, el símbolo del equilibrio. Palo rojo-fuego, arce-agua, azul-el cielo, amarillo-el sol. 



Es importante partir del mundo simbólico personal al crear un instrumento musical o cualquier obra de arte, sobre todo para tener bien claro lo que intentamos evocar. Con esta flauta hemos querido evocar el equilibrio y la fuerza vital. El arce (acer pseudoplatanus) es un árbol que crece en climas fríos, cuya procedencia es del centro de europa y oeste de asia.
El interior fue tratado con productos que otorgan una alta protección.





El totem en forma de pájaro es de caoba, palo rojo y base de pau ferro. Desde el comienzo buscabamos un diseño sobrio respetando la belleza natural de las maderas, decoramos con unos pequeños detalles de filetes de palo rojo, filetes azules y amarillos de madera.

El acabado final es al aceite con un lustrado aplicando cera de abejas.

Afinada en escala pentatónica menor, tonalidad de Sol (G).

Sonido equilibrado con potentes agudos y profundidad en los graves. Trabajamos el diámetro interno para buscar mayor proyección en el volumen cuyo resultado es bien patente. Octavas equilibradas.


Medidas:

maderas utilizadas: arce europeo (acer pseudoplatanus), caoba africana (khaya). Detalles de palo rojo y pau ferro.

Largo total: 54,5 cm.
Largo primera cámara: 14 cm.
Largo segunda cámara: 37,3 cm.
Diámetro interno: 20 mm.
Grosor de pared: 5-6 mm.

Tonalidad: Sol. Escala pentatónica menor, seis agujeros. Nota diapasón La 432 hz.



En el siguiente vídeo podrán ver y escuchar esta hermosa flauta.